La verdadera educación forma humana y armónicamente, promoviendo el respeto a la dignidad de cada persona. Sin limitarse a la transmisión de conocimientos, cultiva la afectividad y espiritualidad del niño, consciente de ser subsidiaria de los padres en su necesaria educación para la vida. Por lo mismo, el claustro de educadores es “conciente de realizar su servicio en cooperación con los padres, que son el la vida de los niños, la primera ‘agencia educativa’, teniendo el derecho prioritario y el deber de educar a sus hijos”.

La educación “promueve la formación integral de la persona”. La formación abarca diferentes dimensiones integradas: humana, espiritual, intelectual, comunitaria, pastoral y misionera.

Dimensión humana y comunitaria. Tiende a acompañar procesos de formación para asumir la propia historia y a sanarla, volviéndose capaces de vivir como cristianos en un mundo plural, con equilibrio, fortaleza, serenidad y libertad interior, se trata de desarrollar personalidades logradas en contacto con la realidad y abiertas al misterio.

Dimensión Espiritual. Es la dimensión formativa fundamenta del “ser cristiano”, en la experiencia de dios manifestado en Jesús, conducido por el espíritu através de los senderos de una maduración trascendente. Por medio de los diversos carismas se arraiga la persona por el camino de vida y servicio propuesto por Cristo, con un estilo personal, Permite adherirse de corazón por la fe como la Virgen María a los caminos gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos de su maestro y Señor. La educación debe, por lo tanto: “promover a cada persona de las herramientas necesarias para contribuir a una participación creativa en la comunidad, reflejando y dando respuestas apropiadas a las insoslayables preguntas profundas sobre el sentido de la vida, para vivir con los demás y para descubrir la propia naturaleza e inherente dignidad como criaturas espirituales”.

Con nuestra Visión y compromiso, proponemos diferentes actividades para la formación humana de los niños y jóvenes, encaminadas a su desarrollo espiritual y en valores para lograr el bien ser, el bien hacer y el bien estar, manifestada en su costumbre de dar a la familia y a la sociedad más de lo que recibieron:

Papa Benedicto XVI: “..un niño tiene el deseo fuerte se saber y entender, que se expresa en su torrente de preguntas y demandas constantes de explicaciones. Por lo tanto, la educación se empobrecería se limitara a proveer información, y descuidaría la pregunta importante sobre la verdad, sobre toda aquella verdad que puede ser una guía en la vida. Nuestras instituciones católicas son a menudo en único lugar donde muchos pueden oír hablar de Cristo, donde pueden encontrarlo en la cultura, en el arte, en la literatura, en todo lo bello y grande que es su mensaje, el Evangelio. […] la escuela católica debe hablar de Cristo a los niños y jóvenes, que viven momentos de dificultad y sufrimiento frente a pruebas de la vida, para que también ellos puedan sentir la necesidad de buscarle. Hoy vemos una cultura de la muerte, de la soledad, de la desesperación. En este contexto, las escuelas católicas deben ser testigos de vida, de la defensa de la vida, de la persona humana, de la defensa de la familia, de la formación en valores”.